La guerra en Ucrania está impulsando un avance tecnológico sorprendente y acelerado. En pocas semanas, se ha pasado de ver máquinas simplemente capturando prisioneros a enjambres de drones que atacan de forma autónoma. Ahora, estas cuadrillas robotizadas cuentan con una inteligencia artificial capaz de generar órdenes militares entre algoritmos, lo que las vuelve mucho más impredecibles y letales.
Estos enjambres de drones coordinados por IA ya no son solo una promesa, sino una realidad operativa. Programas como Nemyx, desarrollado por Auterion, convierten drones compatibles en una fuerza colectiva que puede maniobrar, tomar decisiones y atacar en grupo para saturar las defensas enemigas. En esa línea, Estados Unidos enviará a Ucrania 33.000 “kits de ataque” actualizables, una clara señal de que los ejércitos confían en que la cantidad inteligente —muchos drones baratos, conectados y autónomos— puede cambiar las tornas en el campo de batalla.
Lo clave no es tanto un solo dron más avanzado, sino la capacidad de muchos drones para actuar como un cuerpo coordinado. Estos comparten información, asignan roles (con uno que actúa como “general”), se adaptan a interferencias y eluden defensas mediante rutas y tiempos sincronizados. Así, un solo operador puede controlar múltiples unidades, con decisiones tácticas automatizadas que saturan radares y sistemas antiaéreos con más objetivos de los que pueden manejar.
En Ucrania, el ecosistema tecnológico se fortalece con sistemas como el “drone swarm strike engine” de Auterion, que permite añadir drones al enjambre con solo una actualización. Otras firmas, como Helsing junto a Systematic, desarrollan enjambres guiados por IA. Además, empresas ucranianas como Swarmer aseguran haber participado en miles de operaciones con software que permite a los drones decidir de manera autónoma cuándo atacar, siguiendo una tendencia que ya comenzó en 2016 con microdrones lanzados desde aviones F-18 y que cobró impulso tras las demostraciones chinas de enjambres en 2017.
La ventaja ucraniana radica en la gran cantidad de videos operativos que poseen, incluyendo una base de datos clasificada llamada Universal Military Dataset, que alimenta los modelos de aprendizaje automático. La apertura de plataformas y estándares facilita integrar nuevos drones en días o semanas, y no en meses o años, acelerando la innovación frente a sus adversarios.
En contraste, Rusia ha mejorado la efectividad de sus ataques agrupando drones Shahed de largo alcance, pero esto se parece más a oleadas coordinadas que a enjambres inteligentes. Sin embargo, están dando un salto importante con el desarrollo del sistema Orbita, creado por el consorcio CUST, que agrupa a más de 200 startups y ha roto con la lenta producción tradicional de defensa. Gracias a Orbita, los operadores de drones FPV pueden controlar sus aparatos desde cientos de kilómetros, incluso desde Moscú, sin exponerse al peligro en el frente, limitándose a desplegarlos brevemente desde mochilas.
Este sistema usa IA y redes neuronales para identificar, rastrear y atacar objetivos, convirtiendo al operador más en un supervisor que en un piloto. El entrenamiento necesario se reduce de cuatro semanas a solo una hora, lo que podría democratizar enormemente el manejo de drones letales. Así, Rusia puede mantener un ritmo masivo de despliegue —más de 30.000 drones entregados en 2024— mientras protege a sus operadores, considerados aún más valiosos que los tripulantes de tanques en el sistema ucraniano.
Además, CUST ha mejorado sus drones Skvorets, que van desde modelos básicos con alcance de más de 10 km y cargas ligeras, hasta variantes con cámaras térmicas, reconocimiento reutilizable, bloqueo automático de objetivos y versiones tan automatizadas que incluso pilotos sin experiencia pueden manejarlos. Incluso han desarrollado drones navales lanzables desde embarcaciones autónomas, indicando que el control remoto a distancia ya estaba muy avanzado antes de Orbita. Si este sistema funciona como se anuncia, los operadores podrán estar en centros de mando alejados e protegidos, mientras soldados en primera línea solo lanzan los drones. La decisión de atacar se validaría desde la retaguardia, transformando radicalmente la dinámica del combate.
En el terreno de la ética y la legalidad, estos sistemas ponen en tensión el principio de control humano significativo. Los desarrolladores europeos implicados en el apoyo a Ucrania insisten en que los operadores mantienen la autorización para atacar y supervisan la letalidad, respetando las normas internacionales. Pero cada vez más, la línea entre automatización táctica y autonomía total se difumina, ya que los algoritmos toman más decisiones sobre vuelo, selección de objetivos y coordinación de ataques.
Por su parte, el sistema ruso Orbita apunta a un futuro donde los combates FPV serán protagonizados por máquinas manejadas a distancia, en lugar de enfrentamientos cuerpo a cuerpo en el campo. En poco tiempo, el paradigma clásico de un operador lanzando drones manualmente cerca del enemigo podría parecer tan obsoleto y peligroso como un jinete de caballería en un conflicto moderno.
En resumen, la guerra en Ucrania está transformando la manera en que se libran los combates aéreos con drones, impulsando una revolución tecnológica que mezcla inteligencia artificial, autonomía y redes distribuidas. Esto no solo cambia el equilibrio en el terreno, sino que también reconfigura aspectos éticos y estratégicos del conflicto.



