El año 2025 ha marcado un giro radical en la guerra de Ucrania. Hasta ahora habíamos visto toda clase de dispositivos inusuales: drones con escopetas de doble cañón, robots lanzallamas, embarcaciones no tripuladas armadas con misiles, aviones equipados con escopetas e incluso sistemas con kilómetros de cables de fibra óptica que localizan objetivos gracias a algoritmos. Pero en los últimos meses, la tendencia ha evolucionado aún más: ya no se trata solo de reclutar soldados, sino directamente robots, aunque muchos sean prototipos improvisados y antiguos.
En un almacén abandonado en la región de Donetsk, soldados e ingenieros ucranianos están transformando vehículos soviéticos obsoletos en sistemas de combate no tripulados llamados UGV (Vehículos Terrestres No Tripulados). A cargo de Oleksandr, jefe de la unidad robótica del Batallón Antares, estos talleres funcionan gracias a rifas, donaciones y a una red de voluntarios que financian las piezas y reparaciones necesarias. Los robots, que inicialmente cuentan con comunicaciones analógicas muy vulnerables a la guerra electrónica rusa, son completamente renovados: se les instalan nuevos chasis, sistemas digitales, conexiones vía Starlink, LTE o enlaces cifrados.
Cada transformación cuesta entre 750 y 1.000 dólares, sin incluir el equipamiento satelital, y requieren mantenimiento después de cada misión. Una vez listos, la mayoría de estos UGV se destinan a tareas logísticas y de evacuación, transportando municiones, alimentos o heridos bajo fuego enemigo. Algunos, sin embargo, van equipados con torretas, morteros o módulos de guerra electrónica. A pesar de todo, su velocidad sigue siendo limitada y su conectividad puede ser inestable, por lo que se emplean principalmente por la noche o en situaciones que requieran discreción, para evitar ser detectados o derribados por drones kamikaze rusos.
El aumento de drones en el conflicto ha ampliado la llamada “zona de muerte” rusa más de 15 kilómetros detrás de la línea del frente, haciendo que entrar o salir de las posiciones sea extremadamente peligroso. De hecho, hasta un 80% de las bajas rusas se atribuyen a sistemas no tripulados, mientras que la pérdida de vehículos logísticos ucranianos ha obligado a incrementar el uso de UGV para suministros y evacuaciones. La necesidad es tan grande que en diciembre de 2024 se registró el primer asalto ucraniano compuesto únicamente por robots y en julio de 2025, la 3ª Brigada de Asalto logró una operación con rendición rusa sin bajas propias. Aun así, los UGV siguen siendo vulnerables: de día son objetivo fácil para drones FPV, y cualquier interrupción en la señal puede dejar a un herido abandonado en el campo. Por eso, algunas unidades utilizan estos vehículos como vehículos suicidas, enviándolos a trincheras, puentes o campos minados para detonar cargas y abrir camino.
Tanto Ucrania como Rusia están acelerando la carrera por desarrollar flotas terrestres de robots, conscientes de que el futuro del combate pasará por integrar masivamente estos sistemas autónomos. Ucrania planea desplegar 15.000 UGV para finales de 2025, con apoyo del programa Brave1, mientras Rusia exhibe prototipos con lanzadores termobáricos en sus medios oficiales. Los expertos creen que Kiev lleva ventaja gracias a una red descentralizada de startups innovadoras y brigadas creativas, en contraste con el enfoque más fragmentado y basado en voluntarios que sigue Rusia. Además, países como China observan de cerca estas innovaciones para adaptarlas a sus propias estrategias militares. El campo de batalla del Donbás está impulsando un ciclo de innovación que en tiempos de paz tomaría décadas.
Las brigadas ucranianas ya trabajan en prototipos que van más allá del transporte: torretas móviles antiaéreas, UGV kamikaze con conexiones Starlink para atacar tanques y plataformas modulares que se pueden adaptar según la misión. El principal desafío es reducir costos y simplificar su operación para poder desplegarlos en grandes cantidades. La 28ª Brigada mecanizada presentó incluso un UGV equipado con un lanzamisiles Igla, capaz de derribar drones o helicópteros a baja altura, manteniendo a los operadores a salvo. La visión es clara: que las máquinas realicen las tareas más peligrosas, mientras los soldados se reservan para controlar y supervisar.
Este rápido desarrollo de la guerra robotizada no sería posible sin la participación activa de ingenieros y emprendedores civiles, quienes han creado un ecosistema único de innovación militar. Organizaciones como Dignitas Ukraine impulsan el programa Victory Robots, capacitan a los soldados en el manejo de UGV y comparten buenas prácticas entre brigadas. Buscan construir un "escudo tecnológico" que reduzca bajas humanas y acelere la adopción de sistemas autónomos. La próxima etapa será integrar inteligencia artificial en estos robots, multiplicando su autonomía y eficacia en combate.
La apuesta de Ucrania por los UGV no es algo temporal, sino un proyecto a largo plazo para compensar la inferioridad demográfica frente a Rusia. Si logran industrializar su producción y asegurar la cadena de suministro, estos robots podrían convertirse en la columna vertebral de un ejército híbrido donde humanos y máquinas combatan lado a lado. Así, la idea de que brigadas enteras estén acompañadas por enjambres de drones aéreos y vehículos terrestres autónomos ya no es ciencia ficción, sino una realidad en el frente ucraniano. Para Kiev, la robótica es más que una herramienta: es la clave para resistir durante años en una guerra de desgaste y posiblemente para definir el futuro de los conflictos en el siglo XXI.



