Mark Zuckerberg solía ser el símbolo del éxito temprano en Silicon Valley, al convertirse en el milmillonario hecho a sí mismo más joven con apenas 23 años. Hoy, ese lugar lo ocupan nuevos emprendedores, especialmente los fundadores de startups de inteligencia artificial.
Un claro ejemplo es Mercor, una plataforma de reclutamiento basada en IA creada por tres amigos de 22 años que se conocieron en el equipo de debate del instituto. Brendan Foody, Adarsh Hiremath y Surya Midha ya figuran como los milmillonarios más jóvenes que se han hecho a sí mismos, con una fortuna estimada en 2.200 millones de dólares para cada uno. Sin embargo, ese éxito no se ha traducido en tiempo libre: no han tenido ni un solo día de vacaciones en los últimos tres años.
La startup ha crecido de forma impresionante. Según Fortune, en menos de nueve meses convirtieron una idea en un negocio que genera alrededor de un millón de dólares en ingresos mensuales, lo que la coloca entre las que más rápido han escalado en esta nueva ola de IA. Su gran salto llegó tras una ronda de financiación de 350 millones de dólares liderada por Felicis Ventures, con la participación de otras firmas como Benchmark y General Catalyst, valorando Mercor en 10.000 millones de dólares. Cada uno de los socios controla cerca del 22% de la compañía, superando así a Zuckerberg, que alcanzó este nivel un año más tarde.
Resulta curioso que este hito haya sido logrado por personas de la generación Z, un grupo que suele asociarse a una mayor preocupación por el equilibrio entre la vida laboral y personal. Sin embargo, el estilo de trabajo de Foody se asemeja más a la exigente cultura "996" —jornadas de 9 de la mañana a 9 de la noche, seis días a la semana— que se está arraigando en algunas startups de Silicon Valley, rompiendo con la idea de horarios flexibles o teletrabajo que se suele atribuir a los jóvenes.
Foody admite que apostó por mantener una disciplina de trabajo muy estricta desde que dejó la Universidad de Georgetown para enfocarse por completo en Mercor: “He trabajado todos los días durante los últimos tres años”, cuenta. Aclara que las personas suelen agotarse no solo por trabajar mucho, sino por hacerlo en algo que no les apasiona. En su caso, la pasión por su propia empresa hace que las largas jornadas sean una inversión personal, no una imposición externa.
Antes, Foody veía el trabajo más como una obligación o disciplina sin disfrutarlo del todo. Pero todo cambió al fundar Mercor, cuando el trabajo diario se transformó en una especie de obsesión creativa conectada con un propósito claro: “No puedo dejar de pensar en esto, ni siquiera cuando ceno con mis padres”, explica. Esta dedicación constante le hace ni siquiera sentir la necesidad de tomarse vacaciones, algo que recuerda a experiencias similares de otros grandes emprendedores como Bill Gates, quien más adelante reconoció la importancia del descanso.
Una clave para mantener este ritmo tan intenso es comprobar que sus esfuerzos tienen un impacto visible. “Lo más importante para mí es ver el retorno de la inversión del tiempo que dedico”, dice Foody. En pocas palabras, confirma aquel dicho de “encuentra un trabajo que te guste y no tendrás que trabajar ni un solo día”.
Este tipo de motivación tiene una base científica llamada “efecto gradiente de objetivo”, que señala cómo las recompensas a corto plazo impulsan la motivación para seguir adelante, especialmente cuando el proyecto también genera grandes beneficios económicos.
La historia de Foody desafía algunos estereotipos sobre la generación Z, que suele verse como reticente a sacrificarse o a pasar muchas horas trabajando. Pero cuando existe una fuerte conexión con un propósito propio, un impacto palpable y una recompensa económica significativa, algunos jóvenes están dispuestos a entregar niveles intensos de compromiso.
Esto también pone sobre la mesa una pregunta para estos nuevos líderes que abrazan sin reparos la cultura “996”: si esperan que sus equipos trabajen con la misma intensidad que ellos, quizá deberían preguntarse por qué sus colaboradores no están alcanzando los mismos niveles de éxito económico.
La generación Z está claramente rompiendo esquemas en el mundo laboral, y ejemplos como el de Brendan Foody muestran que la pasión y la dedicación extrema pueden ir de la mano con el éxito más rápido y significativo.



