El entusiasmo desmedido por la revolución de la inteligencia artificial está dando paso a una cierta inquietud. La cuestión ya no es si existe una burbuja de la IA, sino cuándo estallará y qué consecuencias traerá esa explosión. No es casual que muchos hagan una comparación con el auge de internet y la famosa burbuja de las puntocom, aunque en esta ocasión el escenario parece incluso más preocupante.
En 1999, Vinton Cerf, uno de los padres de internet, decía que en el mundo digital un año equivalía a siete en la vida real. Ese ritmo ya era frenético, pero ahora se habla de “año ratón”, una medida que compara un año tecnológico con 35 años humanos. Y en el terreno de la IA, el avance es aún más acelerado, lo que añade un riesgo considerable.
Las recientes caídas en bolsa no contribuyen a calmar los ánimos. Hasta hace poco, el optimismo en el sector tecnológico hizo que sus acciones no pararan de subir, especialmente en empresas como NVIDIA. Sin embargo, en el último mes muchas de estas compañías han sufrido importantes descensos: Microsoft bajó un 10%, Meta un 20%, Oracle un 30%, AMD un 20%, y otras como Intel o Broadcom también cayeron notablemente. Solo Google y Apple han mantenido una ligera resistencia al bajón.
El tamaño de esta burbuja es colosal. Se estima que para 2025 las inversiones en IA y tecnología asociada superarán los 600.000 millones de dólares solo en gastos de capital, mientras que Gartner pronostica un gasto total cercano a los 1,5 billones de dólares ese año, con perspectivas de superar los dos billones en 2026. Todo esto sucede a una velocidad vertiginosa: si la burbuja de internet tardó casi cinco años en inflarse antes de estallar, la de la IA lleva menos de tres años y continúa en expansión.
Otro aspecto significativo es la concentración del mercado. Gran parte de la inversión proviene de las propias grandes tecnológicas como Microsoft, Alphabet (Google), Meta, Amazon, NVIDIA, Oracle y Apple, que juntas representan un tercio del S&P 500. Esto significa que cuando estas empresas sufren, el impacto negativo se extiende rápidamente a la economía general.
Más allá de una inversión tradicional, muchas de estas compañías están haciendo una auténtica apuesta. Hablan de destinar entre 70.000 y 100.000 millones de dólares en construir centros de datos para IA, pese a la incertidumbre que aún existe. Como explicó Mark Zuckerberg, la idea es invertir agresivamente: aunque pierdan cientos de miles de millones, prefieren eso a quedarse atrás en la carrera hacia la superinteligencia.
OpenAI es un claro ejemplo de esta locura. Aunque está valorada en 500.000 millones de dólares, se espera que no genere ganancias hasta 2029. Sus pérdidas previstas para 2025 y 2026 alcanzan los 8.000 y 17.000 millones de dólares, respectivamente. Aunque están creciendo en ingresos, el ritmo no es aún sostenible, pero sus líderes confían en que esto cambiará.
Un indicativo de alerta son los acuerdos de financiación circular entre grandes tecnológicas, donde compañías como OpenAI y NVIDIA actúan casi como bancos que aseguran la demanda de sus productos. Esto fortalece a estas empresas, pero también incrementa el riesgo sistémico. Por ejemplo, Oracle emitió 18.000 millones en bonos recientemente y su deuda supera ya los 100.000 millones de dólares. Otras también enfrentan situaciones complicadas.
Las valoraciones en el mundo de las startups de IA son igualmente preocupantes. Reflection AI, fundada por exinvestigadores de Google DeepMind, levantó 2.000 millones de dólares, y Safe SuperIntelligence, creada por uno de los fundadores de OpenAI, está tasada en 32.000 millones sin tener producto público. Se calcula que hay cerca de 500 “unicornios” de IA, y el apetito por invertir en este sector no se detiene.
Incluso los propios líderes tecnológicos reconocen señales de una burbuja, aunque lo expresan con cautela. Sundar Pichai, Satya Nadella y Sam Altman hablan de cierta “irracionalidad” en el mercado. Robin Li, CEO de Baidu, fue más claro al afirmar que solo un 1% de las empresas sobrevivirá a esta burbuja.
En este contexto, China también juega un papel crucial. El país asiático ha demostrado un fuerte avance en modelos abiertos de IA, lo que ha llevado a una competencia aún más feroz con Estados Unidos y a un aumento del gasto tecnológico. A esto se suma que dominar la IA se ha convertido en una cuestión de seguridad nacional, vinculando las inversiones con factores políticos y arancelarios impredecibles.
A pesar de todo esto, la situación actual no es completamente comparable con la burbuja de las puntocom. Por ejemplo, el índice Nasdaq creció un 281% en los tres años previos al estallido de aquella burbuja, mientras que ahora la subida ha sido del 100%. En cuanto a las valoraciones, el ratio Shiller CAPE —que mide si las acciones están caras o baratas— está en 40, mientras que en el auge de las puntocom alcanzó 44. Además, las grandes tecnológicas acumulan cerca de 200.000 millones en efectivo, con ingresos combinados que superan los 2,1 billones de dólares y una capitalización bursátil cercana a los 21 billones. En resumen, aunque la situación es preocupante, no es del todo alarmante.



